Psicóloga sanitaria| Psicoterapeuta Gestalt
Acerca de mi recorrido
Soy psicóloga sanitaria y terapeuta Gestalt. Me formé hace ya más de veinte años en Zaragoza con Carlos Cervera, y desde entonces he recorrido un camino de profundización constante, tanto en lo profesional como en lo personal.
En mis inicios como terapeuta, abrí mi primera consulta en Atocha, en pleno centro de Madrid. Fue una etapa muy significativa, en la que me lancé en solitario a acompañar a personas en sus procesos de vida desde un espacio íntimo, creado con mucho cuidado y entrega. Aquel tiempo me permitió consolidar mi forma de estar en terapia y reafirmar mi vocación de acompañar desde la presencia y la autenticidad.
Con el paso de los años, sentí la necesidad de ampliar mi mirada, y me formé en Terapia Sistémica Familiar con Juan Carlos Calvo. También me he especializado en el trabajo con trauma y psicopatología, formándome con Ignacio Peña, con quien también he supervisado durante varios años, junto a Amor Hernández, referentes clave en mi trayectoria.
Llevo más de 15 años acompañando procesos terapéuticos individuales desde una mirada humanista, integradora y profundamente respetuosa con el ritmo de cada persona. En los últimos años, mi práctica se ha ido orientando cada vez más al acompañamiento de relaciones de parejas, un terreno que me apasiona y en el que siento que puedo aportar desde mi experiencia vital y profesional.
Actualmente co-dirijo el Centro de Psicología Conalma, un proyecto que siento como casa, como lugar de vida. Allí soy también directora de la formación en Terapia Gestalt, un espacio que me permite acompañar a otras personas en su crecimiento personal y profesional. Además, coordino junto a mi compañero de vida el proyecto «Ser Pareja», un espacio de acompañamiento terapéutico para relaciones que buscan comprenderse mejor, sanar y crecer juntas.
Trayectoria vital y mirada personal
La familia es uno de los pilares más importantes de mi vida. Soy madre de un hijo y una hija, y también acompaño con amor a la hija de mi pareja, desde que era una niña. Vivir la maternidad desde estos tres lugares diferentes ha sido una experiencia profundamente transformadora. Me ha enseñado a mirar con amplitud, a acompañar sin imponer, y a ofrecer cuidado desde la escucha y la presencia.
Más allá de lo profesional, hay espacios que me nutren y me devuelven a mí misma. El baile y la música han estado presentes desde siempre. Toco el piano y bailo desde niña. En ambos encuentro un lenguaje que va más allá de las palabras: una forma de expresión, de conexión y de alegría que me mantiene viva y creativa.
A lo largo de los años, también he recorrido un camino personal de búsqueda espiritual. No me adscribo a ninguna corriente concreta, pero la espiritualidad está muy presente en mi forma de estar en el mundo. Para mí, tiene que ver con habitar la vida con conciencia, con reconocer lo sagrado en lo cotidiano y con sentirnos parte de algo mayor. Esta mirada también impregna mi forma de acompañar: con humildad, con escucha y con confianza en que cada proceso tiene su sentido.
Mi forma de acompañar
Para mí, la terapia es un espacio sagrado de encuentro. Un lugar donde cada persona puede venir tal como está: con su verdad y sus contradicciones, con su herida y su coraza, con sus luces y sus sombras. Con o sin máscaras… todo es bienvenido. Nada necesita ser forzado ni cambiado para tener valor.
Me siento profundamente comprometida con el arte de acompañar: estar presente con lo que hay, sin juicio, con respeto y con una escucha amorosa. En mi forma de estar, hay algo profundamente maternal: una energía que acoge, que sostiene y que permite, como la tierra fértil que cobija incluso lo que aún no ha brotado.
Me conmueve el dolor humano, y no me asusta estar ahí donde muchas veces otros se apartan: en la tristeza, el miedo, la rabia o la confusión. Acompaño sin prisas, confiando en que cada persona tiene su ritmo, y en que todo lo que aparece en terapia tiene un sentido si se le ofrece espacio y presencia.
Creo en la fuerza transformadora del vínculo, y en la dignidad profunda que habita en cada ser humano. Acompañar, para mí, es ofrecer ese espacio donde todo puede tener lugar. Incluso lo que aún no ha sido nombrado.